Charles Schmidt
No hay dolor. Eso es lo primero que registro. No hay peso, no hay frío, no hay el martilleo constante del tumor en mi cráneo. Solo hay una paz blanca, densa y absoluta.
Estoy de pie en un lugar que no puedo definir. No hay paredes, no hay techo, solo un horizonte infinito envuelto en una neblina plateada que parece brillar con luz propia. Frente a mí, el camino se divide en dos.
A la derecha, veo un sendero bañado por una luz dorada y cálida. Siento una atracción magnética hacia