Apenas salimos del baño, envuelta en una toalla, miré a mi alrededor y susurré, casi para mí misma, una inquietud que apenas comenzaba a asomarse:
—No tengo ropa… solo la que tenía puesta ayer.
Charles, que ya se estaba secando el cabello con una toalla, me miró con una chispa juguetona en los ojos y preguntó:
—¿Qué sucede, Rebeca?
Me encogí de hombros, sintiéndome un poco avergonzada.
—No tengo qué ponerme…
Él sonrió con ese gesto tranquilo que me había conquistado desde el principio. Caminó h