— Rebeca Miller
Terminamos de desayunar en un soplo de risas y migas. Los niños jugaban con el jugo, se tiraban pequeñas miradas cómplices entre ellos y, cuando les dije que debían prepararse para el colegio, pusieron esa carita que me derrite: el puchero de ternura que hacen cuando quieren quedarse en casa.
Los miré y sonreí sin poder evitarlo. ¿Cómo decirles que no? ¿Cómo negarles un día más en pijama, una mañana de familia, cuando el mundo afuera nos reclamaba responsabilidades? En ese momen