Charles Schmidt
Estoy en mi oficina, rodeado de papeles y carpetas. Las luces de la ciudad parpadean a través del enorme ventanal, pero ni siquiera esa vista logra arrancarme de la rutina. Firmo el último documento y lo dejó sobre el escritorio con un suspiro.
El teléfono vibra. Lo miro. Amelia .
Responda antes de contestar.
—Hola —respondo, segundo.
—Hola, amor —dice con esa dulzura que se me clava como una espina.
Aprieto el teléfono con fuerza. Odio cuando me llama así.
—Te he dicho que no m