Estoy en el apartamento de mi tía, en el sur de la ciudad. No era gran cosa, sólo dos habitaciones, pero era nuestro hogar. Un barrio humilde, donde las calles eran estrechas y el sonido de los vecinos era parte del día a día. Pero allí había paz. Y después de todo lo vivido, eso era lo que más valoraba.
Esa noche estaba en la cocina, preparando una deliciosa avena para mis tres hijos. Revolvía la olla mientras el aroma cálido llenaba el pequeño espacio. Carmen, como siempre, me ayudaba a poner