— Charles Schmidt
Llegué a la mansión con el peso de la noche todavía clavado en los hombros. Dejé las llaves en el recibidor y caminé directo a la sala, donde mi padre estaba sentado leyendo las noticias con esa tranquilidad que siempre lo ha caracterizado. Al verme, levantó la vista y, con la voz grave que solo él tiene, me preguntó:
—¿Cómo está mi nieta?
Me senté a su lado sin poder evitar un nudo en la garganta.
—Está bien, papá —contesté—. Eva nos dio un buen susto anoche, pero ya está fue