Mundo ficciónIniciar sesiónRebeca Miller aceptó casarse con Charles Schmidt creyendo que, con el tiempo, él podría llegar a amarla. Él nunca le prometió amor, pero le ofreció un mundo: lujo, estabilidad y una familia. Ella aceptó, aferrándose a la ilusión de que su entrega incondicional bastaría para conquistar su corazón. Sin embargo, la realidad fue mucho más dura. Durante años, Rebeca vivió sola entre paredes lujosas, criando a sus trillizos mientras Charles se ausentaba cada vez más, sumergido en su empresa… y en su pasado. Todo terminó de romperse cuando, en su aniversario de bodas, Rebeca llegó a su oficina para sorprenderlo y lo encontró besando a Amelia, la mujer que siempre fue el verdadero amor de Charles. Pero eso no fue lo peor: junto a ellos había un niño pequeño. El hijo de ambos. Ese descubrimiento fue la última herida. La traición final. Y aunque aún lo ama con cada parte de su alma rota, Rebeca decide por fin lo impensable: divorciarse. "Me prometió un mundo… pero nunca me dio su corazón" es una historia de amor no correspondido, de renuncias silenciosas y decisiones valientes. Una mujer que deja de rogar amor y comienza a pelear por su libertad. Porque hay corazones que, aunque rotos, aún tienen el valor de seguir latiendo… pero por sí mismos. Pero lo que ella no sabe es que su partida dejará un vacío en Charles tan profundo que lo enfrentará consigo mismo por primera vez. ¿Será capaz de redimirse? ¿Podrá el amor renacer entre las cenizas del orgullo, el dolor y los secretos? En esta historia de segundas oportunidades, solo la verdad y la pasión podrán decidir el destino de dos corazones heridos.
Leer más—¡Cobertura! —escuché gritar a Rossi a mis espaldas.El equipo táctico abrió fuego de supresión desde las ventanas de la villa. Los disparos de los Carabinieri obligaron a los hombres de Amelia a agachar la cabeza.—¡Ahora, Schmidt! —me gritó Rossi.Me levanté y corrí. Corrí como nunca había corrido en mi vida. Sentía que el corazón me iba a estallar, que el tumor iba a reventar dentro de mi cerebro, pero no me detuve.Llegué a la puerta del anexo. Estaba cerrada con un candado grueso.—¡Aiden! —grité, golpeando la madera con el puño—. ¡Aiden!—¡Papá! —La voz, pequeña y amortiguada, vino desde el otro lado.Estaba vivo. Gracias al cielo, estaba vivo.No tenía llave. Miré el candado. Levanté mi pistola.—¡Aléjate de la puerta, Aiden! —grité—. ¡Aléjate!Disparé dos veces al mecanismo del candado. Las chispas volaron. Le di una patada con todas mis fuerzas. La puerta cedió, abriéndose hacia la oscuridad.Bajé las escaleras de piedra, encendiendo la linterna que llevaba en el cinturón. El
La explosión de la granada aturdidora en la entrada principal no fue solo un sonido; fue una onda expansiva que sentí vibrar en los dientes, en los huesos y en el tumor que latía furioso dentro de mi cráneo.—¡Andiamo! ¡Go, go, go! —gritó el capitán Rossi.El mundo se convirtió en un borrón de caos controlado. La noche toscana se iluminó con los fogonazos de las armas automáticas. El equipo Alfa de los Carabinieri irrumpió en el patio delantero como una marea negra y letal. Yo iba justo detrás de Rossi, con el chaleco antibalas pesando sobre mi pecho y la Glock apretada en mi mano derecha hasta que mis nudillos se pusieron blancos.—¡Contatto! —gritó alguien a mi izquierda.Dos guardias de Amelia salieron de entre los cipreses, disparando a ciegas con subfusiles. Las balas silbaron sobre mi cabeza, arrancando astillas de piedra de una estatua antigua junto a mí. Me agaché por instinto, sintiendo el corazón golpearme la garganta.—¡Abajo! —bramó Rossi, respondiendo al fuego.Tres dispa
Di un sorbo largo al vino, saboreando los taninos y la victoria. Me sentía intocable. Estaba en Italia, en una fortaleza. Tenía a Andrés de mi lado, odiando a su padre. Tenía al bastardo de Aiden encerrado bajo tierra como un animal. Tenía el control absoluto.—Pobres tontos —murmuré, acariciando la pantalla donde aparecía una foto de la policía acordonando la casa de Charles—. Deben estar corriendo como pollos sin cabeza, buscando pistas que no existen. Para cuando me encuentren, si es que me encuentran, ya habré negociado mi salida. La mitad de la fortuna Schmidt a cambio de la vida de su precioso Aiden. Es un trato justo.Me giré y caminé hacia el espejo de cuerpo entero. Mi reflejo me devolvió la imagen de una mujer triunfante. A pesar de la peluca, a pesar de la huida, seguía siendo hermosa. Seguía siendo una reina.—Y tú, Andrés... —dije a mi reflejo—. Tú serás mi rey. Juntos gobernaremos sobre las cenizas de tu padre.Apagué el televisor. Necesitaba descansar. Mañana sería el d
Charles SchmidtEl tren de aterrizaje del jet privado golpeó la pista con un estruendo sordo, sacudiéndome de mi letargo inducido por el dolor. Miré por la ventanilla. Italia nos recibía envuelta en una oscuridad absoluta, una boca de lobo solo rota por las luces azules y rojas que giraban al final de la pista.Habían pasado casi nueve horas de vuelo. Nueve horas en las que mi cabeza no había dejado de palpitar, recordándome la bomba de tiempo que llevaba dentro. Nueve horas pensando en si Aiden tenía frío, o si Andrés seguía creyendo en mí.—Señor Schmidt —dijo el Inspector Martínez, desabrochándose el cinturón—. Hemos aterrizado. Son las 2:00 a.m., hora local. La unidad de Carabinieri nos espera en el hangar.Asentí, poniéndome de pie. Un mareo momentáneo me obligó a apoyarme en el respaldo del asiento de cuero, cerrando los ojos con fuerza hasta que el mundo dejó de girar.—Estoy bien —mentí antes de que Martínez pudiera preguntar.Bajamos la escalerilla. El aire de la Toscana era
— Laura: Ecos de una hija olvidadaLa luz azulada del televisor parpadeaba en la penumbra de mi sala, proyectando sombras danzantes sobre las paredes color crema. Yo estaba recostada en el sofá, con una copa de vino tinto en la mano, observando el espectáculo con una mezcla de fascinación mórbida y una satisfacción amarga que me quemaba la garganta más que el alcohol.El cintillo de noticias urgentes corría por la parte inferior de la pantalla en letras rojas y alarmantes: "SECUESTRO DE ALTO IMPACTO: HIJOS DEL MAGNATE CHARLES SCHMIDT DESAPARECIDOS".—Vaya, vaya... —murmuré para mí misma, haciendo girar el líquido carmesí en la copa—. Esa Amelia... salió más inteligente de lo que pensé. Hay que tener agallas, o estar completamente demente, para meterse en la boca del lobo y arrancarle los dientes a Charles Schmidt.En la pantalla, mostraban imágenes de archivo de Rebeca. Mi "querida" media hermana. Se veía radiante en esas fotos viejas, sonriendo junto a Charles en alguna gala benéfica
El sonido de la puerta del auto blindado cerrándose fue definitivo, como la tapa de un ataúd sellando el mundo exterior. Me hundí en el asiento de cuero trasero, mientras el Inspector Martínez subía al asiento del copiloto y daba la orden de marcha al chofer. El motor rugió y el vehículo se deslizó suavemente hacia la oscuridad de la noche, alejándome de mi casa, de mi padre y, sobre todo, de Rebeca.Miré por la ventanilla tintada hacia la fachada iluminada de mi hogar. Imaginé a Rebeca en nuestra habitación, llorando, odiándome por dejarla atrás. Es mejor así, pensé, sintiendo un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el miedo a los secuestradores. Es mejor que me odies por irme, a que me veas desmoronarme.Saqué mi teléfono del bolsillo interior de mi saco. Mi intención era apagarlo, desconectarme de todo lo que no fuera la misión táctica. Pero la pantalla se iluminó antes de que mi dedo tocara el botón de apagado.Un mensaje.El remitente no era Amelia. No era la policía
Último capítulo