Mundo ficciónIniciar sesiónVictoria amó a Alejandro por 20 años, pero él la abandona cuanto su viejo amor vuelve a la ciudad. Victoria descubre que no necesita ser rescatada, con el apoyo incondicional de su familia, la lealtad de su mejor amiga y la energía caótica de sus hermanos gemelos, decide emprender su propio destino. Su objetivo no es solo sobrevivir, sino construir una nueva vida, por ella y para ella.
Leer másLa lluvia golpeaba el techo de la limusina, Victoria observaba las calles de Viña del Mar, ahora bañadas por la lluvia y los reflejos de las luces de la ciudad, pero a pesar de su delgado vestido de organza, no sentía frío, no solo por la agradable temperatura dentro del auto, sentía un calorcito que venía directo desde su corazón, su sueño de niña se estaba convirtiendo en una realidad.
Sus pensamientos seguían en el exclusivo restaurante enclavado en el Cerro Recreo con la más maravillosa vista al mar; en ese lugar su familia y la de su novio: Alejandro Pérez, se habían reunido para celebrar el tan anhelado compromiso; había sido mágico, las dos familias reunidas en armonía, las bromas, las risas, sentía su pecho apretado de tanto gozo. Enrique, su hermano mayor había brindado por ellos, entre risas contó cómo conoció a Alejandro, de lo mal que se llevaban al principio, y como ya con los años desarrollaron una estrecha amistad. Valeria, hermana de Alejandro y la más querida amiga de Victoria también hizo un brindis, recordó el momento en que se conocieron, fue un día cuando de casualidad ambos padres llevaron a sus niñas al trabajo, fue solo mirarse para de inmediato abrazarse y desde ese día se declararon las mejores amigas del mundo, inseparables desde ese momento, con apenas 5 años. Sus hermanos menores, los gemelos Diego y Daniel no habían sido invitados, ya tenían 14 años, pero su comportamiento era pésimo, eran conocidos también como Terremoto y Tsunami, obvio que por todos los desastres que hacían, la mayor preocupación era que los gemelos le hicieran una de sus bromas pesadas a Alejandro, lo detestaban, celos, se decía Victoria. Ahora viajaban a Quintay, a la cabaña a orillas del mar, que su familia, por tantos años, tenía como refugio para las vacaciones, estaba rodeada de árboles centenarios, no usarían la hermosa pérgola para comer, ya estaban en otoño, las tardes demasiado frías, pero sí podrían comer a los pies de la estufa a leña; sería un fin de semana de ensueño; Alejandro, sentado a su lado, era la personificación de la eficiencia, la luz de la tablet iluminaba su rostro anguloso, de nariz aristocrática y gélidos ojos grises, pero en su rostro destacaba esa eterna arruga de concentración en su frente, los gemelos, siempre se burlaban de él, no pudo evitar tocar su propia frente y sonreír al pensar en esos traviesos. Con anhelo Victoria estiró su mano y tiró suavemente del puño de su camisa. —Que pegajosa eres —le dijo, sin apartar su vista de la pantalla de la tablet. —Sí, pegajosa, así me dices desde niña. Pero Alejandro no la miró, no vio su dulce sonrisa; volvió a mirar por la ventana, perdiéndose en los recuerdos, hace 20 años, en el cumpleaños de Valeria, un chico pasó corriendo al lado de ella, perdió el equilibrio y cayó a la piscina, aunque solo tenía 7 años, su padre ya estaba enseñándole a nadar, pero aunque braceaba y pataleaba con todas sus fuerzas, poco a poco se fue hundiendo, entonces sintió que unos fuertes brazos la sacaron del agua, era Alejandro, que ya en ese tiempo era un atractivo adolescente, su flechazo fue inmediato, en su interior, soñó que un día se casaría con él. Con el tiempo, ese amor infantil evolucionó a una devoción adolescente, tomando fotos a escondidas, shippeando a su crush, como solía burlarse Valeria; con la madurez vino el trabajo, Victoria estudió arduamente, primero en el colegio, y luego en la universidad estudió arquitectura, según ella, para ser la pareja ideal de Alejandro y gracias a su amiga Valeria, consiguió ser su asistente personal, en la empresa constructora Pérez y Pérez, ahora luego de años de perseguirlo, de ponerse por delante, consiguió derretir ese corazón de hielo, y pronto sería su esposa. Volvió a mirar su mano, el hermoso diamante brillaba en su dedo anular, de seguro Valeria tuvo que ver con la elección. De pronto, un sonido interrumpió sus pensamientos, un tono de llamada, era del celular de Alejandro, pero era un tono diferente, era especial, no era el tono frío con el que Alejandro configuraba las llamadas de trabajo, ni el tono rítmico que ella había configurado para los amigos y la familia, este tono era una melodía delicada, íntima, muy, muy suave. Victoria no pudo evitar un estremecimiento, cuando Alejandro contestó, su voz se suavizó, sus ojos brillaban, ella jamás lo había escuchado hablar así, incluso la arruga de su frente se borró. —Sí, sí… entiendo… no te preocupes… Iré de inmediato —dijo con una voz dulce, cargada de ansiedad. Cuando Alejandro cortó la llamada, cerró los ojos, claramente esto era una señal. —¿Alejandro?... ¿Qué…—ni siquiera pudo terminar la pregunta, en realidad, ni ella tenía claro qué preguntar, con fuerza Alejandro golpeó el cristal que los separaba del chófer. —Javier, detén el auto ¡Ahora! —gritó Alejandro. La limusina se detuvo bruscamente en la avenida, que ya a esa hora estaba desierta, Alejandro volvió a mirar a Victoria, pero ahora toda la dulzura de hace menos de un minuto se había borrado de su rostro, ahora volvió a su frialdad habitual. —Tengo que ir al aeropuerto, Sonia regresó, tengo que ir a buscarla. Bájate y pide un Uber. —¿Sonia? ¿Quién es Sonia? Alejandro, es nuestra noche de compromiso, vamos camino a la playa. —Seamos honestos, Victoria, sabes que no te amo —le dijo suspirando—. Este compromiso ha sido forzado, por mis padres, mi hermana y tú –negando con la cabeza continuó— sé que estoy siendo cruel, pero tengo también que ser honesto, no tiene sentido continuar con esto; lamento no haber puesto fin a toda esta estratagema que ustedes montaron. Victoria escuchaba sin entender nada, ¿forzado? Era cierto que ella lo persiguió sin tregua, pero ¿forzado? ¡jamás! No pudo refutar, ya Alejandro había abierto la puerta del auto. —Bájate Victoria, no tengo tiempo. —¡No me voy a bajar! ¡No puedes dejarme aquí! ¡Está lloviendo a chuzos! —gritó con la voz quebrada. No hubo respuesta de Alejandro, abrió la puerta del lado de Victoria. —¡Bajate! —volvió a repetir, empezando a empujarla hacia la salida, ya estaba casi fuera del auto, pero Victoria se aferró desesperada a su brazo; Alejandro, en su ansiedad por llegar pronto al aeropuerto la tomó de las muñecas y se la quitó de encima bruscamente, no volteo a verla, no vio como Victoria perdió el equilibrio y cayó en la vereda mojada, su grito fue ahogado por el cierre de la puerta. El viaje en Uber fue un borrón de sollozos, hipo y luces borrosas, cuando finalmente entró a su casa, sintió que el frío de su ropa mojada se pegaba a su alma, miró las palmas de sus manos raspadas, la humillación la hizo temblar más que sentir su ropa mojada. —¿Victoria? ¿Qué pasó? —su hermano Enrique salía de la cocina con su clásico zumo de frutas en una mano y el control remoto en la otra— ¡Dios mío! ¡Estás sangrando! ¿Tuvieron un accidente? ¿Dónde está Alejandro? —preguntó frenético. —Me empujó del auto, Quique —logró decir, con la voz quebrada y sus ojos azules llenos de lágrimas—. Él dijo que lo había forzado al compromiso, que no me ama. Enrique la abrazó fuerte, en ese abrazo, en ese amor incondicional y en ese ritmo acompasado del corazón de su hermano, Victoria logró serenarse. —Una tal Sonia lo llamó —dijo en un susurro, aún refugiada en los brazos de su hermano— que tenía que ir a buscarla… después me dijo … me dio a entender… que lo había manipulado, que todos, sus padres, Valeria y yo lo presionamos… No pudo continuar, de nuevo sentía que se quebraba. —Sonia —dijo Enrique, ahora con frialdad—, la conozco, fueron novios en la universidad, realmente no sé qué ve en ella, siempre la encontré una persona muy exageradamente extrovertida. Terminaron hace mucho, no fue nada amigable, luego ella se fue al extranjero a continuar sus estudios. Esto no lo voy a dejar pasar. Mi amistad con Alejandro termina hoy. —Pero de eso, podemos seguir hablando mañana —le dijo, separándose del abrazo, pero tomando a Victoria con suavidad de los hombros—. Ahora, vamos, te acompaño a tu dormitorio, necesitas un baño caliente, te llevaré una leche tibia. Mañana será otro día.Cuando todavía no eran las 9 de la mañana, Victoria, Benito y Enrique llegaron al imponente edificio del Gobierno Regional. El amplio hall central contaba con una larga mesa de ayuda para que los ciudadanos presentarán sus solicitudes o quejas. Por instinto, Benito se dirigió allá, pero Enrique lo detuvo con una palmada en la espalda. —No, amigo —dijo Enrique sonriendo y apuntando con su cabeza a una escalera lateral, que descendía al subterráneo—. La oficina de archivos está en el subterráneo.Tras bajar dos niveles, el bullicio se fue apagando, el aire se sentía denso con olor a papel viejo y cera. Al acercarse al mesón, un funcionario de edad mediana hizo el amago de esconder apurado su sándwich, pero al reconocer a Victoria y Enrique se relajó por completo. —¿Los hermanos Villegas? ¿Tan temprano por acá? —les dijo Manuel que continuó disfrutando de su café con leche— ¿Qué necesitan? —Hola Manuel —le dijo Enrique con un tono profesional y apoyando sus manos sobre el mesón —. Ten
Al día siguiente, temprano en la mañana, la familia Villegas disfrutaba de un grato desayuno, con pan amasado, palta y queso, como ya era usual Benito los acompañaba y reía de las tontas discusiones de Victoria y Enrique. —Hoy te toca a ti, Quique —dijo Victoria— hace mucho que no has hecho los honores. —No, no, para que te voy a impedir tanta felicidad —argumentaba Enrique— puedes seguir con tu noble labor. —Ya sé que te haces el difícil —se reía Victoria— pero todos sabemos que mueres de ganas. —Basta los dos —intervino Edmundo, no sabía si se sentía molesto o divertido— le digo todo el tiempo a Mercedes, ser padre de dos jóvenes adultos es bien complicado, uno no sabe si tratarlos como adultos, o como a niños, especialmente si se comportan como chiquillos. —Solo estamos bromeando, papá —le dijo Enrique, poniendo una mano sobre su hombro—, no tengo problemas, esta semana yo hago el reciclaje. Los gemelos me pueden acompañar después del colegio. —Se nos pasa la mano a vece
El cóctel de la inauguración se realizó en los jardines que Victoria había diseñado. Elegantes jóvenes vestidos de negro circulaban entre los invitados llevando bandejas con todo tipo de delicias: ceviche de salmón en pequeñas cucharas, bruschettas de roast beef con cebolla caramelizada, ostiones gratinados, servidos en su propia concha, entre tantos otros manjares. En las esquinas se habían instalado estaciones con tablas de queso, jamón serrano y frutos secos. Mientras que en un costado destacaba un improvisado bar con espumante, pisco sour, jugos naturales y bebidas. El ambiente era amenizado por un alegre grupo musical originario de Valparaíso que tocaba bossa nova.Bea miraba a Victoria, que conversaba animadamente con algunas personas; potenciales clientes, se imaginó ella. Inspirando fuertemente, para infundirse valor, se acercó con paso decidido.—Victoria —la llamó Bea— ¿me permites unos minutos?—Soy toda oídos —respondió Victoria. No sabía qué era lo que Bea quería conversa
Eran las tres de la madrugada, Bea apenas había logrado dormir un par de horas; a su lado, Gabriel dormía profundamente. Ella se apegó a su cuerpo, buscando el calor que su esposo le daba, pero además anhelaba poder tener la tranquilidad de Gabriel, poder creer que todo estaría bien.Los recuerdos de su infancia la invadieron. Desde pequeño Benito había sido muy tímido, recordaba cómo su hermano, en el colegio, se pegaba a ella y se rehusaba a jugar con sus compañeros o cómo Benito no quería soplar las velas en sus cumpleaños, se ruborizaba tanto y se tapaba las orejas con las manos; Bea, encantada, las soplaba por los dos.Ella siempre fue una niña sociable, se convirtió en el puente entre su hermano con el resto del mundo, también asumió el rol de defensora de su hermano, pues otros niños del colegio solían burlarse de él.Cuando Benito entró a la universidad, empezó a mejorar en sus relaciones interpersonales, al menos un poco, nunca tuvo amigos íntimos, pero al menos se conectaba
Último capítulo