El precio de la envidia.
Al día siguiente, temprano en la mañana, la familia Villegas disfrutaba de un grato desayuno, con pan amasado, palta y queso, como ya era usual Benito los acompañaba y reía de las tontas discusiones de Victoria y Enrique.
—Hoy te toca a ti, Quique —dijo Victoria— hace mucho que no has hecho los honores.
—No, no, para que te voy a impedir tanta felicidad —argumentaba Enrique— puedes seguir con tu noble labor.
—Ya sé que te haces el difícil —se reía Victoria— pero todos sabemos que mueres de gana