Mundo ficciónIniciar sesiónAngie es una joven sencilla y poco agraciada que, tras graduarse como secretaria, no logra encontrar empleo en su área y se ve obligada a trabajar en un call center. Allí conoce a Danilo Morales, su jefe, un hombre carismático cuya vida dará un giro inesperado con la llegada de Angie. Entre ellos surge un romance apasionado que lo llevará incluso a separarse de su esposa. Lo que comienza como un sueño hecho realidad para Angie pronto se convierte en pesadilla: descubre que Danilo no la conquistó por amor, sino por conveniencia, buscando proteger su fortuna y evitar la cárcel. Finalmente, él termina tras las rejas, mientras Angie queda marcada socialmente como “roba maridos”, sumida en la pobreza y con el corazón destrozado. Sin embargo, su lucha apenas comienza. En medio del dolor y el rechazo, Angie descubre que está embarazada, enfrentando sola un futuro incierto. Con resiliencia y valentía, deberá reconstruir su vida y demostrar que, incluso desde la adversidad, puede levantarse y seguir adelante.
Leer másANGIE
En un juzgado de familia, ubicado en una casa antigua, en ese lugar se encontraba Angie, una hermosa joven de 20 años con un elegante vestido ajustado y un maquillaje suave que resaltaba sus ojos cafés claros. Las limpiaba y jugaba con sus joyas, ya que le agradaba cómo los diamantes emitían diminutos destellos de arcoíris. Todavía le costaba trabajo conceptuar lo lejos que estaba de su versión de 18 años, a la que los hombres solo miraban para criticar y a la que hoy le llovían pretendientes por montones. De las muchas veces que le tocó aguantar hambre, debido a que el sueldo no le alcanzaba para llegar a fin de mes, ahora ya no sabía ni en qué gastar su fortuna. Estaba esperando el veredicto del juez, aún confundida y con mucha ansiedad. Sentía que no podía respirar; trató de organizar sus pensamientos, recordando los eventos que la encaminaron a este momento. Resolvió que todo fue culpa de su guapo jefe, el hombre inalcanzable, su amor platónico, con el que ahora estaba en este pleito familiar, al que odiaba por querer quitarle a su hijo, aunque al recordar los sucesos, en su mente se alzó un puño de victoria exclamando: —¡Valió la pena todo lo sucedido! Su memoria se ubicó una mañana en el trabajo; ella procuraba arreglarse lo mejor posible y su madre siempre le decía que era la mujer más hermosa del mundo. Pero a pesar de eso, el único hombre del trabajo con el que hablaba era con su hermano Jon, quien trabajaba entregando domicilios. Recuerda que ese día la conversación le empezó diciéndole a él: —Me encanta laborar en este centro de llamadas, es muy fácil llegar porque está entre dos avenidas, nada que ver con mi antiguo trabajo, que me tocaba atravesar la ciudad en esos buses largos, de extremo a extremo, y luego echar media hora de caminata; era eso o gastar mi sueldo en transportes para que me acercaran. —Angie, qué mentirosa eres, di la verdad, que es por ver al CEO, estás enamoradísima de ese señor. Aunque si te hace falta caminar para adelgazar; es más, deberías venirte a pie desde la casa e incluso cargarme en tus espaldas. —Jon siempre se le burlaba, es su manera de ser; aunque no era exactamente su hermano, es su hermanastro, debido a que su madre se sintió sola y se juntó con el padre de él. —Jon, no estoy enamorada de él, o bueno, sí, es un placer verlo, aunque sea solo hecho un caldo de ojo, para alimentar la vista. —Angie interrumpió su diálogo para suspirar. —Es que de seguro que su cara fue tallada por los mismos ángeles de la belleza y yo no estoy gorda, simplemente estoy rellenita de amor, aparte de que este traje no me favorece. Jon se sacudió acomodándose la corbata diciendo: —Angi sita, tampoco es tan apuesto. Lo que sucede es que cualquiera se ve bien con esos trajes de dos mil dólares, en ese carro último modelo en que llega, aparte de que se rumorea que este edificio de seis pisos es de su propiedad. De todas maneras, un hombre como él nunca se fijará en una mujer como tú, ni en un millón de años, ni por un milagro. Angie le asestó un golpe en un brazo al tiempo que le decía: —Los hombres son bien envidiosos, no es que observa cómo habla de lindo, su mirada penetrante, su porte, es completamente hermoso. Lástima que me toque conformarme con admirarlo de lejos y de imaginarlo en la privacidad de mi cuarto. —Ella le volvió a pegar, esta vez en un hombro. —Y es que no es que yo sea fea, lo que pasa es que soy brusca de cara y tengo el cuerpo en desorden. —Además, eres desconfiada. —Jon apretó los labios como si guardara algo. —¿Por qué dices eso? —Ella cogió unos documentos, los enrolló, preparándose para alguna respuesta, búrlona. —Es que dejas los encantos en la casa. —Jon dejo fluir una risotada, que fue apagada por el rollo de documentos que le sacudió la cabeza. —Eres muy cruel, ojalá me hubiera tocado un mejor hermanastro, aunque hubiera sido alguien bello para presentárselo a mis amigas, todo por culpa del mal gusto de mi madre. —Ella mejor se sentó y se colocó su diadema telefónica, para empezar a llamar a posibles clientes. Jon tuvo la idea de decirle cuando se vio en el reflejo del ordenador y trató de peinarse: —Angie, hablando de tus amigas, ojalá fueras como Paola, tu amiga; solamente le faltan las alas para convertirse en un ángel. Su figura me vuelve loco, que es similar a la de un violín, y su carita de porcelana. Ella dejó escapar una risotada que terminó con esta revelación: —Jon, si supieras cómo huele de feo, por eso es que Paola, cada rato, va al baño a bañarse en perfume. —Hermanita, eso no me importa, con gusto me la pasaría oliéndola a toda hora, cada segundo de mi vida, noche y día. —Jon se apretó la nariz aspirando profundo. —Joncito querido, casi hermanito, resulta que yo podría tener un cuerpazo mejor que el de ella. —Angie se levantó de su escritorio, colocándose las manos en la cintura, apretando las manos y alzando las cejas—, si no me hubiera tocado gastarme mis ahorros en la moto para que trabajaras y no siguieras de vago midiendo calles. Es que mejor me hubiera mandado a operar y tendría a más de un pretendiente detrás de mí. —Pues, hermanita, ahora tienes a muchos detrás de ti, a todos esos cobradores de los productos de belleza y para adelgazar, que compras a crédito y que mejor deberías demandar por no darte los resultados que te han prometido. —Jon se cogió la barriga y fingió que se ahogaba en carcajadas. —Jon, mejor cállate, vete a trabajar que ahí viene mi novio. —El semblante de Angie cambió, fue como si le salieran estrellas luminosas. Llegó un hombre de casi dos metros; a pesar de la altura, su vestido, con un traje oscuro, con una corbata naranja, dejaba notar que era musculoso. Con cabello rubio, peinado con la raya en el medio y que se le descolgaba hasta las orejas y se le movía al caminar. También tenía el fino rostro decorado con una barba poblada en forma de candado que cercaba unos labios gruesos que se movieron para articular estas palabras: —Los jóvenes, ¿a qué se dedican? Yo no sabía que los entregadores también atendían llamadas. Angie se congeló, se quedó pensando: «Es el jefe, el CEO, él es mi novio, aunque no lo sabe». Se le sale una risa tonta al tiempo que, según ella, le hace ojitos, o sea, lo mira con ternura, y nota que el hermanastro se marcha diciendo alguna disculpa poco creíble. —Don Morales, él es mi hermano; lo que ocurre es que él quería ver cómo era el proceso de venta con los clientes. —Angie le contesta viéndole la boca y se muerde los labios para aguantarse las ganas de probárselos. El Jefe sonríe colocándole la mano en el hombro. —La verdad, no venía a regañarlos por no estar en sus tareas, venía, era a buscarte; sé que tú eres Angie Pérez, fuiste la mejor de este mes y del pasado, he escuchado maravillas de ti, me gustaría darte un premio; por favor, ven a mi oficina cuando termines el turno. Ella se enfrascó en sus pensamientos, contemplando cada movimiento de su superior. «Mi nombre se escuchaba sublime con su hermosa voz y perfecta dicción que mostraba su cultura»; por poco se le sale eso mientras controlaba un suspiro y apretaba las piernas. —¿Cómo dices? —Angie le preguntó por qué supuso que imaginó esa última parte. Él la abrazó de una manera delicada para comentarle: —Es que, señora Pérez, se me ocurrió darles un premio a los trabajadores con mayor desempeño; me gustaría que me dieras una idea. Ella se queda absorta contestándole mentalmente: «Se me ocurre pedirle un baño en un jacuzzi donde nuestros labios terminen cansados de tanto rozarse», aunque solo le logra decir, entre balbuceos. —Tranquilo, señor Morales, con una simple felicitación suya me basta; además, no concibo que me puedas dar lo que yo realmente quiero. —Ella no sabe cómo logra hablar y desinhibirse un poco; supone que se debe a la bebida que le dieron las amigas para “empezar bien el día”, como ellas le llaman a tomarse un sorbo de licor con un pocillo de café caliente para espantar el frío de la mañana. —Desde que esté a mi alcance, todo bien, no hay problema. —Ya sé lo que quieres, tú quieres un ascenso, ¿cierto? —el CEO le propone riendo y tocándole las manos al tiempo. Angie se erizó al sentir la tibieza de su piel y la suavidad de sus dedos. —No es eso, pero me gustaría; tengo un título de secretaria que no he podido ejercer; siempre me piden experiencia, ¿y cómo la voy a tener si me gradué el año pasado? —Los nervios le hacen fluir las palabras sin ni siquiera reflexionarlo; es que le parece mentira que el jefe le estuviera hablando. —Eso puede ser, aunque de secretaria no ganarás comisiones de venta, y por lo que me enteré, te va bien; deberías considerar otra cosa, mejor piensa en algo mejor; yo también lo voy a hacer. No se te olvide, por favor, pasa antes de irte. —Entrecierra un ojo a manera de coqueteo, lo que provoca que ella sienta que se derrite y le parece ver que le salen destellos como si tuviera el sol detrás. Incluso le parece oír una armonía melodiosa de liras, que se ve interrumpida por un grito ruidoso de Sheila, su aborrecible secretaria. Es la mujer más bella y a la vez peor que conoce; sin duda alguna, se nota que el bisturí ha pasado sobre ella más veces que por Frankenstein. —¡Jefe, toca la reunión! Y usted aquí perdiendo el tiempo en perdedoras. —Sheila. La bella rubia de figura curvilínea, con piernas sin fin, cuerpo de miss universo y cara de Barbie, que tiene dos preciosos ojos verde esmeralda a través de los cuales observa a Angie de arriba hacia abajo mientras lleva al CEO cogiéndolo del brazo. Él se alcanza a despedir de Angie con una hermosa mueca, que la deja en shock y por la que no se pudo concentrar mientras hacía llamadas de venta en caliente.SHEILAEl eco metálico de la sala de visitas vibraba como un tambor apagado. Sheila, con el vientre apenas insinuando la curva de su embarazo, se acomodaba en la silla dura mientras el reloj parecía burlarse de su paciencia. Para entretenerse, recordó lo que había hablado unas horas antes con su mejor amiga Lizeth; recordó que se acomodó en una silla en la cafetería del call center con un café entre las manos. El vapor le empañaba los pensamientos, y la voz de su amiga sonaba como un látigo envuelto en terciopelo.—¿No me digas que todavía piensas en Danilo? —preguntó la amiga, arqueando las cejas con ironía—. Ese hombre ya no es nadie. Preso, pobre, acabado. ¿Qué más quieres que la vida te muestre?Sheila bajó la mirada, acariciando su vientre. —Es que… no sé. A veces siento que debería darle una oportunidad, aunque sea por el bebé.La amiga soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes. —¿Una oportunidad? ¡Por favor! Lo que necesitas no es un hombre que te dé lástima, sino uno que
DaniloÉl caminaba arrastrado por los pasillos como si la prisión se hubiera convertido en un cómic surrealista. La luz y la sombra se cruzaban en cuadros que parecían dibujados por un artista cruel: lámparas que chisporroteaban, barrotes que proyectaban líneas negras como viñetas, guardias que se movían con gestos exagerados, casi caricaturescos.—¿Sabes qué pareces? —le dijo uno de los guardias, con voz burlona—. Un zombi, un muerto en vida, de esos que se ven en las películas, aunque de los que son feos y se mueven con lentitud...Danilo no respondió. Sentía que cada paso lo hundía más en un laberinto sin salida. Finalmente llegaron a un cuarto pequeño, donde el médico anciano los esperaba con una sonrisa torcida.—¡Ah, el famoso CEO caído! —exclamó el doctor, levantando las cejas—. Me sorprende que un hombre con esas facciones tan frágiles tenga esposa... Y más aún, ¡que la hayas embarazado!—¿Qué... qué? —Danilo se quedó helado, el aire se le escapó de golpe y se escurrió contra
Danilo Él entró a la cárcel como quien cruza un umbral hacia un mundo sin retorno. El portón metálico se cerró tras él con un estruendo que le pareció el eco de su propia condena. El aire olía a óxido, sudor y miedo. Caminó despacio, con la espalda encorvada, hasta un rincón donde la penumbra lo abrazó como un refugio precario. Allí se sentó, temblando, con los ojos abiertos como faroles apagados, incapaz de ocultar el terror que lo consumía.No tardaron en aparecer las sombras. Tres presos se acercaron con la calma de quienes saben que el miedo es más útil que un cuchillo. Lo miraron de arriba abajo, sonrieron con dientes amarillentos y sin ni siquiera enseñarle un arma comenzaron a despojarlo.—Mírenlo, parece un cordero; deme la marmaja. —dijo uno de los presos, con sonrisa torcida, quitándole un fajo de dinero que él entregó voluntariamente.—Ni hace falta mostrarle un cuchillo, bájese de los pisos. —añadió otro, mientras le arrancaba los zapatos.—ya perdio este reloj barato; es
Danilo entró al salón sobandose las muñecas porque al trasladarlo le habían colocado unas esposas pequeñas; cada paso resonaba como un eco de vergüenza. Sus ojos estaban cansados, pero había en ellos un brillo de esperanza, como si todavía quedara un rincón de fe en la bondad de los demás. Angie y su madre lo esperaban en la primera fila, con una bolsa de comida envuelta en servilletas, ropa limpia y unos billetes doblados con cuidado. Se acercaron despacio, y Danilo bajó la mirada. La voz le salió quebrada, apenas un murmullo:—Muchas gracias. Y, por favor, perdónenme… yo les robé el dinero que tenían guardado. Lo hice por desesperación, no por maldad.Angie lo miró con lágrimas contenidas, la respiración entrecortada. —Mi amor, eso no importa, lo que te faltó fue haber dejado una nota o esperar a que llegáramos; nos preocupamos mucho.La madre apretó los labios, con un gesto duro, y le entregó la bolsa sin mirarlo directamente. —Aquí tienes ropa y comida. Estaremos alerta para ayudar
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