La prueba fue un martes.
Un martes normal. Con lluvia suave. Con el café hecho antes de que Dante bajara. Con Lucía durmiendo todavía, que era el milagro pequeño y cotidiano que Isadora había aprendido a celebrar en silencio.
Dos líneas.
Isadora las miró.
Esperó el miedo.
No vino.
Eso, más que las dos líneas, fue lo que la dejó quieta frente al lavabo durante un momento.
La primera vez había sido pánico puro. La pregunta de si era suficiente. El inventario de todo lo que podría salir mal.
Esta