Las tres de la madrugada.
La sala de espera del hospital tenía esa luz de las tres de la madrugada que no tiene color, solo intensidad. Blanca y sin sombras. Elena había llegado a las dos y media con el cabello recogido de cualquier manera y los zapatos de estar por casa, porque Sofía la había llamado con suficiente alarma en la voz como para que Elena no se detuviera a buscar los zapatos correctos.
María dormía en tres sillas juntas, con el abrigo de Marcos como manta.
Sofía grababa el techo.