Se llamaba Andrés.
Isadora tardó un segundo en separar el nombre de su asociación más inmediata, pero lo hizo. Este Andrés era completamente distinto. Treinta y ocho años. Barba corta. Gafas de montura delgada. El tipo de hombre que lleva libros en la mochila no porque quiera parecer interesante sino porque los necesita.
Llegó con María diez minutos tarde, que era exactamente la puntualidad de María.
Llevaba vino.
Dante lo miró al vino. Después lo miró a él. Después al vino otra vez.
—Gracias —