El nombre en la pantalla del mensaje de Patricia brillaba como una sentencia de muerte.
No era Carolina.
Era Solano.
Ricardo Solano. El hombre que coordinaba nuestra seguridad física. El que había estado presente en cada operación, cada reunión secreta, cada conversación confidencial. El que Patricia había recomendado personalmente hace tres años cuando Sebastián necesitó reforzar la protección de Duarte Corp.
La cuenta bancaria vinculada a la empresa fantasma en Panamá pertenecía a su esposa.