El lugar que Mónica había elegido era un restaurante cerrado en la zona industrial. Abandonado desde la pandemia, con ventanas tapiadas y un cartel de "Se Vende" que llevaba años acumulando polvo.
Llegué a las diez de la mañana. Sebastián esperaba en el auto a una cuadra de distancia, con comunicación abierta a través del auricular que llevaba oculto bajo el cabello.
La puerta lateral estaba entreabierta. El interior olía a humedad y abandono. Mesas volcadas, sillas apiladas contra las paredes,