Las dos semanas de reposo se convirtieron en tres. Luego en un mes. Luego en varios.
El vientre que apenas se notaba aquella noche de pánico ahora dominaba mi cuerpo entero. Treinta y seis semanas. El bebé pesaba más de dos kilos según la última ecografía, y cada patada era un recordatorio de que pronto tendríamos que enfrentar algo más aterrador que Carmen Mendoza o Marcos Villarreal.
Ser padres.
—No puedo ver mis pies —me quejé desde la cama, intentando incorporarme por quinta vez en diez min