Veinticuatro horas

El auto de Sebastián apareció exactamente donde lo había dejado. Me subí sin decir palabra, el silencio llenándose solo con el sonido de la puerta cerrándose.

Él no arrancó. Solo me miró, estudiando mi rostro con una intensidad que buscaba grietas.

—¿Emma?

—Viva. Ilesa. Por ahora.

—¿Qué quiere?

La pregunta flotó entre nosotros. Podía mentir. Decirle que Marcos quería dinero, o información, o alguna otra cosa negociable. Sebastián nunca lo sabría.

Pero los matrimonios construidos sobre mentiras
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