Las contracciones no pararon.
Cada diez minutos durante la primera hora. Luego cada ocho. Sebastián cronometraba cada una con la precisión de un relojero mientras preparaba el bote para evacuar.
—Tenemos que esperar a que amanezca —dije entre jadeos—. Navegar de noche es suicida.
—Faltan dos horas para el amanecer.
—Entonces esperamos dos horas.
—Si las contracciones se aceleran...
—Si navegamos a oscuras y chocamos, ninguno de los dos llegamos al hospital.
Sebastián maldijo por lo bajo pero no