Empacar una vida en dos horas es imposible.
Empacar una vida con una recién nacida que necesita alimentarse cada dos horas y cambiarse cada hora es una farsa cruel.
Había esparcido todo lo que Teresa trajo sobre la cama: montañas de pañales, ropa que parecía diseñada para muñecas, mantas térmicas, el moisés portátil que no sabía cómo doblar. Isabella dormía en su centro, ajena a que su mundo estaba a punto de ser arrancado de raíz otra vez.
Treinta horas de vida y ya era una fugitiva.
—Lleva so