El silencio después del mensaje de Marcos fue denso, tóxico, el tipo de silencio que precede a decisiones irreversibles.
Carolina cerró la tablet con un clic que sonó como un disparo en la sala de conferencias. Sebastián no se había movido desde que el audio terminó, sus ojos fijos en un punto de la pared como si pudiera quemar un agujero en ella con pura fuerza de voluntad.
Isabella lloraba contra mi pecho, hambrienta otra vez, su reloj interno ajeno al colapso del mundo adulto a su alrededor.