La decisión de quedarse llegó sin palabras.
Sebastián no respondió al mensaje de Carolina esa tarde. Lo dejó en visto, guardó el teléfono en un cajón y no volvió a mencionarlo durante tres días.
Yo tampoco pregunté.
Algo había cambiado entre nosotros durante esos meses en la isla. No éramos las mismas personas que habían huido de Vancouver con una niña asustada y el peso de imperios desmoronándose. Habíamos aprendido a ser simplemente Sebastián y Valentina, sin apellidos que defender ni enemigo