Me desperté con el llanto de Isabella perforando el sueño como una alarma biológica.
No habían sido cuatro horas. El reloj en la mesita marcaba las 4:17 AM. Tres horas y catorce minutos. Mi cuerpo protestó cada movimiento mientras me incorporaba, músculos que habían parido hace treinta y nueve horas gritando su descontento.
Isabella lloraba con ese tono específico que ya había aprendido significaba hambre. Sebastián ni siquiera se había despertado, colapsado boca abajo en una posición que le ga