El cuero del diario crujió al abrirse. Un sonido seco, antiguo, similar al de un hueso rompiéndose.
No había olor a papel viejo. Había olor a tabaco rancio y humedad. El olor de los secretos que debieron pudrirse bajo tierra.
Marcos Villarreal permanecía sentado frente a nosotros en aquella mesa de metal oxidado, dentro de la bodega abandonada en los muelles. Su rostro, marcado por esa cicatriz que le cruzaba la mejilla como un relámpago de carne rosada, no mostraba emoción alguna. Solo espera.