Rodrigo Mendoza se veía como un espectro de su antigua gloria. El traje italiano le quedaba grande, como si hubiera encogido dos tallas en las últimas semanas. Tenía ojeras profundas, la piel cetrina y una desesperación vibrante en la mirada que me puso los pelos de punta.
No venía armado. Venía con las manos en alto.
—¡No disparen! —gritó, su voz rompiéndose en un gallo ridículo—. ¡Valentina! ¡Sé que estás ahí!
Sebastián no bajó el arma. Apuntaba directamente al pecho de mi ex esposo con una e