Un par de horas después de intentar descansar lo mínimo para mantenernos con vida, partimos nuestro nuevo día de batalla, quizás la más importante hasta el momento. Nos dirigimos directamente a la suite presidencial del Hotel Castillo, la que ocupaba todo el piso treinta y dos, con ventanales que abarcaban desde el suelo hasta el techo mostrando la ciudad como un mapa de luces titilantes. Carolina había transformado el espacio en un cuartel general improvisado, con tres laptops abiertas, docume