Sebastián se quedó mirando la foto en el teléfono de Solano como si estuviera viendo un fantasma. Los nudillos de su mano derecha, todavía magullados de golpear la pared del ascensor horas atrás, se pusieron blancos al cerrar el puño.
—No —dijo con voz hueca—, no puede estar aquí.
—Pero lo está —Solano recuperó su teléfono y abrió otra imagen—. Aterrizó en un vuelo privado desde París a las once de la noche. La vi personalmente en el aeropuerto porque Alejandro me contrató para vigilarla también