Leo estaba esperándola afuera.
Apoyado en la pared.
Con ese porte aristocrático que él ni sabía que tenía.
—¿Todo bien? —preguntó en cuanto la vio.
—Sí. Iré al ultrasonido. Gracias por… bueno… por todo. No tienes que quedarte. Perdí tu reunión.
Leo metió las manos en los bolsillos.
—Mi empresa no va a caerse porque no vaya a una reunión. Vamos.
—No, no vas a entrar conmigo —se adelantó ella.
—¿Por qué no?
—Porque… —y no encontró un argumento coherente.
Él respiró hondo, molesto, pero cedió.
—Bi