Una semana después, Isabella comenzaba a habituarse al nuevo ritmo de vida que iba de la mano de su nuevo título: prometida de Leo Peterson. Pero esta vez era real, era verídico. Se querían con todo el sentimiento y el amor que ambos merecían. Las cosas habían mejorado maravillosamente entre ellos; los días de angustia habían transcurrido y ahora el momento en que ella huyó de la capilla parecía solo un lejano y amargo recuerdo.
Recordaba con nitidez esa noche en el ático, cuando al fin logró d