El interior de la limusina se había convertido en un confesionario de lujo, aislado del caos mediático que rugía al otro lado de los cristales tintados. Leo Peterson sentía el calor del cuerpo de Isabella contra el suyo, una calidez que contrastaba con la frialdad del contrato que los había unido.
—No estás descompuesta, Isabella. Eres, sin lugar a dudas, la persona más completa y real que conozco en toda Grecia —le susurró él al oído, con una voz que temblaba por una emoción que no podía repri