Capítulo 51

El estruendo del mundo exterior —el murmullo de la élite de Atenas, el repicar de las campanas y el acoso de los periodistas— se extinguió en el momento en que Leo Peterson cerró de golpe la puerta de la limusina. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por la respiración entrecortada de Isabella. Aunque el corazón de Leo quería gritar un millón de preguntas, las respuestas que imaginaba eran aún más aterradoras que el silencio mismo.

—Me voy —le contestó ella sin mirarlo.

Isabella giró
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