El aire en la sala de estar de la mansión Peterson se sentía cargado, casi eléctrico. Isabella podía escuchar el tictac de un reloj antiguo en algún lugar de la habitación, marcando los segundos de un silencio que se le antojaba eterno tras su confesión. Carlota Peterson la observaba con una fijeza que la hacía sentir como una pieza de exhibición bajo una lupa.
—Mamá, ¿será que ya está la cena? —Leo rompió el silencio de golpe. Se puso de pie con una energía contenida y se metió las manos en lo