Carlota Peterson le pareció a Isabella una mujer fascinante, una de esas figuras que parecen sacadas de una revista de alta sociedad de las que se leen en las salas de espera: encantadora y dulce en la superficie, pero con una rectitud que se sentía en el aire apenas entraba en una habitación. Leo se parecía mucho a ella; compartían esa forma de sostener la mirada que intimidaba sin necesidad de palabras. Carlota los había invitado a una cena al día siguiente de la discusión estruendosa, de aqu