El trayecto de regreso desde la villa de los Rich hasta el lujoso departamento de Leo Peterson fue un ejercicio de asfixia emocional. Isabella no pronunció ni media palabra durante los cuarenta minutos que duró el viaje por la costa griega, y ese silencio absoluto tenía a Leo sumido en una preocupación que rayaba en la desesperación. Observaba de reojo cómo sus ojos grises, que antes habían destellado furia y llanto, ahora miraban el vacío de la noche con una vacuidad que le dolía más que cualq