Una mujer debía tener claras ciertas cosas antes de confesar una traición.
No importaba si se trataba de un homicidio, una mentira, una infidelidad o un fraude millonario: el daño no estaba solo en el acto, sino en cómo se decía, cuándo se decía… y a quién.
Isabella Rich solo podía pensar en una cosa mientras el ascensor descendía:
había traicionado a Leo Peterson.
No lo conocía. No sabía si era un hombre justo o despiadado. No sabía cuánto le había costado construir su empresa, ni qué tan impl