—Silvina… tú… —Leonel quiso gritar, pero al ver el rostro enfadado de ella, la rabia simplemente se le atascó en la garganta.
¡Maldita sea, no podía hacerlo!
No podía.
Quería romper algo, pero temía asustarla.
Quería golpear a alguien, pero temía lastimarla.
¿En qué momento se había vuelto tan débil?
Toda su ira, su frustración, su orgullo… y aun así no se atrevía a desahogarse.
Porque temía hacerle daño.
Cuando la vio del brazo de Ruperto, sintió que el corazón se le detenía en el p