Pero el padre de Silvina, don Torres, al verlas, hizo un gesto como si fuera a intervenir, pero enseguida bajó la mano con torpeza, evitando sus miradas.El corazón de Silvina se fue enfriando poco a poco.Si ni siquiera su propio padre era capaz de defenderlas, ¿cuánto más podrían resistir ella y su madre en esa casa?Durante todos estos años, su padre siempre había sido igual de débil:cada vez que su madre era maltratada por la abuela, él solo sabía quedarse al margen, incapaz de hacer nada, o pedir perdón de rodillas después, sin cambiar absolutamente nada.¡Ya era suficiente! ¡Estaba harta!Una casa así... solo podía traer desesperación.Don Torres, sin atreverse a decir una palabra en defensa de su esposa e hija, se limitó a murmurar secamente:—Mamá... si la deja tan malherida, ¿quién va a preparar la cena esta noche?En ese instante, Silvina lo tuvo claro:tenía que irse. Tenía que llevarse a su madre lejos de ese infierno. Y nunca más volver.Se volvió para tomar de la mano a
Leer más