Liliana aplastó la colilla del cigarrillo con el pie y levantó el vaso para beber un sorbo de agua,
pero descubrió que estaba completamente vacío.
Dejó el vaso con un golpe seco sobre la mesa y empezó a caminar nerviosa de un lado a otro por la habitación.
Aquel hostal ruinoso se encontraba en un rincón del casco viejo,
una zona conocida por sus peleas, robos y violencia callejera.
Liliana odiaba estar allí,
pero no tenía otra opción.
Necesitaba desaparecer por un tiempo,
y en los hoteles grandes debía registrarse con su documento de identidad.
Si alguien la reconocía, estaría acabada.
Además, con esa barba incipiente en el rostro,
ella misma apenas soportaba mirarse al espejo.
¿Cómo podría permitir que otros la vieran así?
Esa mañana, al lavarse la cara,
había notado con horror una ligera protuberancia en su garganta.
El cartílago de su laringe —su maldito nódulo masculino—
volvía a asomar.
El descubrimiento la llenó de pánico.
Durante su cirugía, había optado po