Liliana tembló. Por instinto, quiso recurrir a sus viejos trucos para intentar protegerse, pero no tuvo oportunidad.
—Si vas a llorar —dijo Leonel con voz helada y serena—, entonces empieza por arrancarte los ojos.
Liliana se quedó petrificada.
Jamás habría imaginado escuchar semejante amenaza en su propia voz.
Leonel giraba distraídamente un encendedor entre sus dedos.
Desde que Silvina había quedado embarazada, ya no fumaba; el encendedor se había convertido en un simple objeto para entret