Liliana tembló. Por instinto, quiso recurrir a sus viejos trucos para intentar protegerse, pero no tuvo oportunidad.
—Si vas a llorar —dijo Leonel con voz helada y serena—, entonces empieza por arrancarte los ojos.
Liliana se quedó petrificada.
Jamás habría imaginado escuchar semejante amenaza en su propia voz.
Leonel giraba distraídamente un encendedor entre sus dedos.
Desde que Silvina había quedado embarazada, ya no fumaba; el encendedor se había convertido en un simple objeto para entretener sus manos.
—Creo que nunca te pregunté por qué desapareciste hace seis años —murmuró con calma, aunque su tono llevaba una autoridad que aplastaba cualquier intento de réplica.
Liliana tembló, mordiéndose el labio.
—No sé de qué estás hablando —respondió con voz forzada.
—¿Ah, no? —Leonel sonrió, una sonrisa tan fina como cortante—. Qué curioso.
Liliana evitó mirarlo.
—Hace unos días conocí a un médico bastante interesante —continuó él con una lentitud casi cruel—. Especialista en traspla