El amanecer en Londres era gris, húmedo y silencioso; una neblina tenue cubría la ciudad como si respetara el duelo que Andrea llevaba en el pecho. A pesar de la temprana hora, el teléfono de Axel comenzó a sonar insistente sobre la mesita de noche del hotel. Catalina, aún profundamente dormida, no se movió.
Axel alargó el brazo, respondió en voz baja.
—¿Sí?
La voz de Andrea sonó temblorosa al otro lado.
—Axel… ¿puedes venir a buscarme? No quiero ir sola.
El hombre se pasó una mano por el rostro, suspiró apenas. Había esperado esa llamada, aunque no tan temprano.
—Está bien —respondió con tono sereno—. Dame un momento, desayunaré y luego pasaré por ti.
Andrea dejó escapar un pequeño sollozo agradecido.
—Gracias… Axel.
Colgó sin agregar más, como si temiera escucharse débil. Axel miró el teléfono por unos segundos, después lo dejó a un lado. Tenía claro que, aunque la situación era complicada, él había prometido apoyarla y cumpliría.
Se levantó y se duchó sin hacer ruido, consciente de