SETENTA Y OCHO

El amanecer en Londres era gris, húmedo y silencioso; una neblina tenue cubría la ciudad como si respetara el duelo que Andrea llevaba en el pecho. A pesar de la temprana hora, el teléfono de Axel comenzó a sonar insistente sobre la mesita de noche del hotel. Catalina, aún profundamente dormida, no se movió.

Axel alargó el brazo, respondió en voz baja.

—¿Sí?

La voz de Andrea sonó temblorosa al otro lado.

—Axel… ¿puedes venir a buscarme? No quiero ir sola.

El hombre se pasó una mano por el rostr
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