El taxi dejó un rastro de vapor en la acera cuando se detuvo frente al portal. Madrid estaba en pleno mediodía, pero para Catalina el mundo tenía otra hora: la del latido acelerado, del pensamiento que no encuentra salida. Pagó con manos torpes y subió las escaleras casi sin mirar, como una autómata que cumple con la rutina de volver a su refugio, aunque ese refugio ahora oliera a papel sellado y promesas rotas.
Abrió la puerta, dejó la maleta en el recibidor y se quedó unos segundos en el umbral, sin fuerzas para entrar. La luz del apartamento le devolvía la misma imagen que había dejado unas horas antes: el sofá, la mesa baja, la taza de té aún con un poso amargo. Y allí, como una sentencia visible, la carpeta marfil reposaba encima, cerrada y simple, con su nombre escrito en una tipografía que ya parecía burlarse.
Cerró la puerta con más cuidado de lo habitual, como si el sonido pudiese alterar la realidad. Hubiera querido gritar, romper algo, arrancar esas hojas y hacerlas volar p