El taxi dejó un rastro de vapor en la acera cuando se detuvo frente al portal. Madrid estaba en pleno mediodía, pero para Catalina el mundo tenía otra hora: la del latido acelerado, del pensamiento que no encuentra salida. Pagó con manos torpes y subió las escaleras casi sin mirar, como una autómata que cumple con la rutina de volver a su refugio, aunque ese refugio ahora oliera a papel sellado y promesas rotas.
Abrió la puerta, dejó la maleta en el recibidor y se quedó unos segundos en el umbr