El motor del vehículo negro rugía suavemente, desplazándose por las avenidas doradas de Madrid mientras el sol de la mañana caía con un resplandor cálido sobre los edificios. Dentro, el ambiente era distinto: pesado, cargado de un silencio que hablaba más que cualquier palabra.
Catalina permanecía sentada en el asiento trasero, la mirada perdida en el reflejo que proyectaba la ventanilla. Llevaba puesto el vestido que Axel había elegido para ella: un diseño marfil, sencillo pero de una elegancia que no podía ignorarse. La tela se ajustaba con delicadeza a su figura, delineando su silueta con una discreción que sólo los vestidos verdaderamente costosos sabían lograr.
El escote era sutil, apenas un suspiro, y los pendientes que colgaban de sus orejas —pequeños diamantes en forma de lágrima— destellaban cada vez que el sol acariciaba su rostro. El cabello, recogido en una coleta alta, dejaba su cuello al descubierto, y aquella simplicidad la hacía lucir aún más hermosa, más inaccesible,