Catalina suspiró profundamente, como si su cuerpo se estuviera despejando de un peso invisible, un peso que había cargado por tanto tiempo que ya no sabía si podría dejarlo atrás. Pero se sentía privada de muchas cosas.
Había algo en el aire esa tarde, algo en el susurro del viento que no lograba calmar su ansiedad. El sol se desvanecía lentamente detrás de los árboles del jardín que quedaba al fondo de la Universidad, y Catalina avanzaba con pasos lentos, casi pesados, como si cada uno de ellos le costara un esfuerzo monumental. Su cuerpo estaba agotado, pero la herida en su brazo parecía ser la que más le pesaba. La quemadura, aún reciente, tiraba de su piel, como un recordatorio constante de su propia fragilidad. A veces, la punzada era casi insoportable, como si la carne quemada estuviera gritando desde su interior. Catalina apretó la mandíbula, pero el dolor seguía allí, persistente, intruso.
"¿Qué estoy haciendo?" se preguntó, como si las palabras pudieran ofrecerle una respuest