Cuando Catalina llegó a su habitación, cerró la puerta de un golpe suave y se dejó caer sobre la cama.
El colchón era perfecto, caro, amplio… pero frío.
Frío como toda aquella casa.
Frío como el hombre con el que estaba casada.
Frío como la vida que la esperaba allí.
El techo blanco la observó en silencio mientras ella respiraba hondo. Podían haberle puesto oro en las paredes, diamantes en las sabanas, alfombras de seda bajo sus pies… nada se comparaba a la calidez de su pequeño departamento. Allí podía ser ella. Allí podía respirar sin miedo a que cada movimiento despertara la furia de alguien. Allí podía llorar sin ser juzgada, bailar sin sentirse observada, reír sin tener que pedir permiso.
Aquí…
Aquí simplemente pertenecía a una vida que nunca quiso.
Se incorporó un poco y con delicadeza levantó la manga de la camisa. La quemadura seguía allí, marcada, roja, sensible. Al mínimo roce ardía. Catalina apretó la mandíbula.
—Viviana… —murmuró con rabia contenida.
Había escuchado que Ax