Cuando Catalina llegó a su habitación, cerró la puerta de un golpe suave y se dejó caer sobre la cama.
El colchón era perfecto, caro, amplio… pero frío.
Frío como toda aquella casa.
Frío como el hombre con el que estaba casada.
Frío como la vida que la esperaba allí.
El techo blanco la observó en silencio mientras ella respiraba hondo. Podían haberle puesto oro en las paredes, diamantes en las sabanas, alfombras de seda bajo sus pies… nada se comparaba a la calidez de su pequeño departamento. A