La tarde caía, una tarde helada, tiñendo el cielo de un rojo profundo que parecía anunciar una tormenta. La mansión, de arquitectura señorial y muros cubiertos de hiedra, se alzaba silenciosa entre su alrededor.
Las fuentes del jardín ya no murmuraban, como si incluso el agua contuviera la respiración. El silencio fue interrumpido por el chirrido de las grandes puertas de hierro.
Giuseppe cruzó el umbral, jadeando apenas por la caminata apresurada desde el pueblo. Su rostro curtido por los años