La noche había caído como un manto espeso sobre Sicilia.
Las calles, húmedas por una reciente llovizna, reflejaban los faroles como espejos rotos.
En la vieja mansión de Dante la tensión era tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo.
Dante estaba de pie junto a la enorme mesa de roble del despacho, rodeado por mapas, fotografías e informes desordenados.
Alonzo, más serio de lo habitual, revisaba su teléfono mientras recibía actualizaciones de los hombres desplegados en toda la ciudad.
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