Llegaron a una pequeña habitación de servicio, donde dos mujeres jóvenes esperaban, una rubia de cabello recogido y otra morena de mirada apagada.
Ambas llevaban uniformes ceñidos de cuero negro y tacones imposibles. La estancia olía a perfumes intensos, maquillaje barato y desesperanza.
—Prepárenla —ordenó Mateo antes de soltar a Aurora de un empujón—.Tiene que estar perfecta. El jefe quiere que brille esta noche.
Las dos mujeres se acercaron de inmediato. Una de ellas llevaba una bandeja con