Antonio descendió las escaleras con una lentitud calculada, cada paso resonando con autoridad en el silencio tenso de la mansión.
En la sala de estar, sus hombres se alinearon con la espalda recta, expectantes ante cualquier orden. Con el rostro impasible y las manos entrelazadas a la espalda, Antonio se detuvo frente al primero de ellos.
—Llama a quince hombres, los más hábiles. —ordenó con voz firme.
—Quiero que vayan a la mansión de Dante. Que entren, que destruyan lo que haya que destrui