Antonio se llevó la copa a los labios con una sonrisa relajada, sin sospechar nada.
Su mirada permanecía anclada a las curvas de Aurora, envuelta en aquel vestido rojo ceñido que delineaba cada parte de su cuerpo como una provocación a la cordura.
Aurora, mientras tanto, sostenía su copa sin beber, sus ojos seguían cada uno de sus movimientos con la paciencia de una estrategia que por fin estaba a punto de ejecutar su jugada maestra.
La cena transcurrió entre sonrisas falsas, miradas cargadas