La mansión de Dante se alzaba imponente bajo la tenue luz de la tarde, como un santuario de calma tras la tormenta que había arrasado con sus muros no mucho tiempo atrás. Adentro, la atmósfera era casi irreal, una mezcla de alivio y cautela que se palpaba en el aire mientras Aurora y Bianca se abrazaban con una intensidad que solo las cicatrices profundas podían justificar.
Aurora sostuvo a Luca en sus brazos, con la ternura de una madre que había pasado por el infierno para proteger a su hijo