La voz entrecortada de Alonzo estalló en el intercomunicador de la biblioteca, sacudiendo a Aurora, quien seguía sentada aún en el sofá. Aurora parpadeó con fuerza, tragando el nudo que se le formaba en la garganta. Levantó el pequeño dispositivo y apretó el botón con manos temblorosas.
—Te copio, Alonzo… estoy aquí… —respondió, con voz firme pero agitada.
Las líneas del horizonte comenzaban a difuminarse con el peso de la noche, y un aire espeso, cargado de tensión, envolvía los campos italia